Jue. Ene 22nd, 2026

LO QUE DONALD TRUMP NO DICE SOBRE GROENLANDIA: HISTORIA, RIQUEZAS Y EL SUEÑO DE CONSTRUIR UNA CÚPULA DORADA

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La nieve cubre las casas en la ciudad de Nuuk, capital de Groenlandia. (Foto: REUTERS / Sarah Meyssonnier)
La nieve cubre las casas en la ciudad de Nuuk, capital de Groenlandia. (Foto: REUTERS / Sarah Meyssonnier)

Uno de los sitios más fríos posibles se ha convertido en estos días en la zona más caliente del mundo. Al menos en lo referido a la tensión política.

“Queremos ese pedazo de hielo ya”, dijo ayer Donald Trump en el Foro de Davos refiriéndose a Groenlandia.

La avanzada de Trump sobre Groenlandia ha hecho que por primera vez en décadas los ojos de todos se posen en la gélida isla septentrional.

Groenlandia siempre ha sido una rareza. Su carácter excepcional queda a la vista con unos pocos datos:

  • Es la isla más grande del mundo (más de dos millones de kilómetros cuadrados)
  • El 84 % de su superficie está congelada
  • Tiene temperaturas extremas
  • Cuenta con la densidad demográfica más baja del planeta (0,03)
  • Hay sol a la medianoche -tiene luz las 24 horas- en los días de verano
  • Se trata de un territorio europeo en zona americana

A eso hay que sumarle su importancia geopolítica en un mundo tenso con líderes desbocados y la económica gracias a sus recursos naturales: minerales (oro, zinc, plomo, cobre y uranio), petróleo y gas.

Su estatus jurídico es el de territorio autónomo correspondiente a Dinamarca, pese a que unas horas atrás Donald Trump haya publicado en sus redes sociales la imagen de un mapa en la que se ve a la isla (y también a Canadá) como si fueran territorio norteamericano. No fue la única imagen que difundió. También subió una generada por IA en la que se lo ve clavando la bandera de Estados Unidos en Groenlandia.

El presidente de EE.UU., Donald Trump ,publicó una foto generada con IA en la que aparece conquistando Groenlandia. Fuente: @realDonaldTrump.
El presidente de EE.UU., Donald Trump ,publicó una foto generada con IA en la que aparece conquistando Groenlandia. Fuente: @realDonaldTrump.

Groenlandia fue un hallazgo de un marino desorientado, que se perdió mientras lidiaba con las peligrosas aguas del norte. Un encuentro inesperado a principios del siglo X de un navegante noruego. Unas décadas después, cerca del 980, unos vikingos islandeses se asentaron en la isla y lucharon contra sus difíciles condiciones de vida. Erik, el Rojo, célebre y difícil vikingo, fue exiliado de Islandia por haber cometido un asesinato. Se radicó en la isla. Cumplida la condena, regresó a su tierra con la intención de convencer a gente de su pueblo de instalarse en su nuevo hogar, para poblarlo. Para hacer más atractiva la oferta, bautizó a la isla como Gronland: Tierra Verde. Una pionera de las fake news. Erik convenció a muchos e inició el viaje de regreso con 25 barcos. Pero solo 14 de esas naves lograron superar la travesía. Los sobrevivientes se instalaron en Groenlandia. Esta colonia perduró más de 300 años hasta que desapareció, probablemente, por un agravamiento del clima. Pero los vikingos no eran los únicos habitantes de la isla. Había, en otro sector, más duro todavía climáticamente, un asentamiento de paleoesquimales que siguieron viviendo allí. También se instalaron los Inuit Thule (procedentes de Siberia), la única de las tres culturas que llegaron en esa época y sobreviven hasta hoy.

En el siglo XVI, Noruega se anexó al Reino de Dinamarca y Groenlandia fue a partir de ese momento considerada territorio danés. Cuando Noruega ya a mediados del siglo XIX se separó nuevamente, la isla y otros territorios coloniales quedaron en manos de Dinamarca.

Pasó mucho tiempo desde el siglo XIII hasta que hubo un nuevo asentamiento por parte de pobladores europeos. A fines del siglo XIX empezaron las elecciones comunales y locales. De todas maneras, las decisiones de importancia, las resoluciones vitales, se tomaban en Copenhague. Groenlandia se poblaba lentamente. Noruega, con algunos asentamientos, intentó recuperar la isla, pero perdió la discusión en los foros internacionales que reconocieron la soberanía de Dinamarca. Ya todos los actores internacionales reconocían a Groenlandia como parte de Dinamarca, pese a que se encuentran separadas por 3000 kilómetros.

Durante la Segunda Guerra Mundial, a Dinamarca se le complicó mantener el poder sobre la isla tras la invasión nazi. Requirió ayuda a Estados Unidos, que instaló bases militares. Luego de la contienda, Dinamarca recuperó el dominio. A algo de eso se refirió ayer Trump en Davos cuando, tratando de cobrarse viejas deudas, dijo: “Lo único que Estados Unidos pide es un lugar llamado Groenlandia, donde ya lo teníamos, como fideicomisario, pero respetuosamente lo devolvimos a Dinamarca no hace mucho, después de derrotar a alemanes, japoneses, italianos y otros en la Segunda Guerra Mundial”.

El presidente de Estados Unidos Donald Trump en su presentación en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza. (Foto: Reuters – Denis Balibouse)

La isla comenzó a ser más independiente económicamente gracias a la exportación de algunos de sus minerales y a la posibilidad de generar sus propios recursos. Eso hizo también que Dinamarca debiera rever su estatus jurídico. Sumada a la importancia que adquirió por su ubicación geográfica como puerta de entrada o dique de contención (según el caso) del extremo norte del mundo.

En 1953 abandonó su carácter de territorio colonial para pasar a ser parte integral de Dinamarca. Más tarde, en 1979, se reconoció la autonomía de la isla, aunque siempre integrando el estado danés. En 1985, Groenlandia se separó de la Unión Europea tras un referéndum en que sus ciudadanos tomaron la decisión para, entre otras cosas, eludir las restricciones comerciales que imponía la UE y de esa manera no ahogar la economía isleña.

¿Por qué esta isla helada, alejada y deshabitada genera tanto interés?

Un paisaje blanco. Hielo y tundra con la única vegetación que todos los estudiantes que pasaron por el secundario en la Argentina pueden repetir: musgos y líquenes. Un sitio con menos de 60.000 habitantes, alejado del mundo, en el que no hay trenes ni grandes carreteras, debido a lo inhóspito del lugar, que lo convierte en imposible. Hay calles y avenidas en la capital Nuuk y en alguna otra ciudad. Los medios de transporte más utilizados siguen siendo los trineos o motos de nieve, barcos y helicópteros.

Vista aérea de Nuuk, la capital de Groenlandia, con la aurora boreal de fondo (Foto: AP)
Vista aérea de Nuuk, la capital de Groenlandia, con la aurora boreal de fondo (Foto: AP)

La importancia geopolítica por su ubicación en el Atlántico del Norte y el Ártico, la posibilidad de defensa de Estados Unidos de los posibles ataques rusos y chinos, la planeada Cúpula Dorada, el sueño húmedo de Trump de construir la mayor protección de ataques misilísticos y los recursos naturales no son los únicos factores en juego. Hubo de los aliados europeos una evidente desinversión en las últimas décadas en la zona ártica; China y Rusia han avanzado evidentemente y también están los cables submarinos que aseguran la conectividad y el desarrollo de las comunicaciones mundiales.

Donald Trump ha iniciado una loca avanzada por quedarse con el territorio de Groenlandia. Un impulso colonizador. Sugirió adquirir Groenlandia, amenaza con una invasión y la toma por la fuerza. Aunque ayer haya dicho que no utilizará la fuerza, exige negociaciones inmediatas. El problema surgirá pronto cuando esa mesa de diálogo no se conforme o, creada, no obtenga los resultados esperados (exigidos) por Trump. Dinamarca dijo que no está dispuesto a tener esa conversación y que no desea vender Groenlandia.

Es una situación inédita que amenaza la tranquilidad del Atlántico Norte y con dinamitar la OTAN. Los líderes europeos se mostraron en contra de la iniciativa de Trump, pero a él parece importarle muy poco. En una reciente conferencia de prensa, entre misterioso y amenazante, cuando le preguntaron qué pensaba hacer con la isla, respondió: “Ya van a ver”.

Más que a una necesidad nacional o una jugada imprescindible en el ajedrez de la geopolítica, este movimiento se parece mucho a un capricho personal, un berrinche presidencial. Pocos días atrás le pidieron a Trump que fundamentara la necesidad de poseer la isla. El presidente de Estados Unidos, con un costado freudiano inesperado, dijo que era una necesidad psicológica. La repregunta del periodista fue atinada: “¿De quién? ¿Del país?”. “No, mía”, respondió Trump.

No parece que Trump esté pensando en una salida consensuada, en la que se escuchen a todas partes y en la que cada una ceda algo. Nunca fue su estilo ceder en las negociaciones para obtener algo. Siempre va por todo.

Otra vieja costumbre del presidente norteamericano es ver todo como un gran negocio inmobiliario. Y lo que él parece ver en Groenlandia es un gran terreno -el más grande de la historia: 2 millones de kilómetros cuadrados— que le permitirá hacer un negocio enorme.

Desde que asumió su segundo mandato, Trump expresó que considera la adquisición de Groenlandia como “una necesidad absoluta”. Y empezó a mostrar como posibilidad la acción militar, cuando antes sólo había hablado de adquisición.

No deja de asombrar que exista una salida elegante y legal para satisfacer las necesidades que aduce el presidente norteamericano en sus discursos sobre el peligro que implica no tener control de Groenlandia con la amenaza y el acecho de Rusia y China. Y con la posibilidad de crear allí la Gran Cúpula Dorada. Por un tratado de 1951 aún vigente, Estados Unidos tiene la posibilidad de instalar hasta 16 bases militares en la isla para proteger sus intereses y el continente. Pero Trump prefirió no echar mano al tratado internacional que le hubiera dado un viso legal y de discreción a su intervención.

Lo que no se recuerda es que Estados Unidos fue cerrando esas 16 bases que alguna vez estuvieron activas, tras la caída de la Unión Soviética y cuando consideró que el peligro había pasado. Algunos creen que Trump no va a meter esta cuestión en la discusión porque los daneses están dispuestos a aceptar y él se quedaría ya sin excusa para exigir la propiedad de toda la isla.

Nadie puede afirmar que Estados Unidos respeta a rajatabla la soberanía de otros estados. En estas últimas décadas ha intervenido en territorios ajenos (eso sí: siempre países que consideraba hostiles – o a sus gobiernos—: nunca con aliados), propulsando golpes de Estado, invadiendo, financiando a opositores, facilitando armamento y hasta haciendo “extracciones” como en el caso de Noriega en Panamá y el reciente de Maduro en Venezuela. Sin embargo, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial ha respetado una tradición de no apropiarse de territorios ajenos, de no anexar a la fuerza tierras que pertenecen a otros países. De hecho el último territorio que sumó bélicamente fue en 1898. Trump parece en camino a quebrar esa tradición.

Los países que se opongan a sus pretensiones ya están avisados. Sufrirán represalias que en una primera instancia se traducen en aumentos de los aranceles a sus productos. El látigo arancelario. El vicecanciller alemán, el fin de semana pasado, declaró: “No debemos permitir que nos chantajee”.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, dijo que Groenlandia pertenece a sus habitantes, los groenlandeses. Y que son ellos los que deben ser escuchados y decidir. Algunas encuestas muestran que sólo el 6% de los habitantes de la isla quieren formar parte de Estados Unidos y que el 85% se opone con firmeza a esa opción. Dos tercios de los groenlandeses desean ser un estado independiente.

La isla tiene su propio gobierno – el parlamento- que decide en todos los asuntos internos aunque Dinamarca esté a cargo de la política exterior, la defensa y la moneda.

Pero eso tampoco es tan sencillo desde el punto de vista económico ya que Groenlandia recibe de Dinamarca algo que se llama Block Grant, una especie de subsidio anual de más de 600 millones de dólares que es vital para la economía de la isla. Lo mismo con el sistema de bienestar danés que se traslada a los groenlandeses; es decir, las prestaciones de salud y servicios sociales que son amplias -tradición nórdica- y que de otro modo no estarían cubiertas. Esos aspectos también juegan en contra de la decisión de la independencia más allá de la voluntad de Trump.

Si Trump consiguiera lo que se propone, se trataría de la mayor adquisición de tierras por parte de Estados Unidos; mayor todavía a la compra de Alaska a Rusia en 1867 a razón de 5 centavos la hectárea.

Mientras tanto el presidente Trump continúa con su avanzada que ya más que estrategia política se parece a una obsesión. Ayer, después del discurso de Davos, el gobierno de Dinamarca dejó saber que envió tropas de elite a Groenlandia para su defensa y que comenzó con la difusión de medidas preventivas y educativas para la población sobre cómo actuar en caso de sufrir un ataque militar.

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